El mito de Prince desaparece

El mito de Prince desaparece

A casi un año de su muerte, el 21 de abril de 2016, el legado del músico se ha explotado de la forma en que él nunca quiso: difundiendo gratis su obra por la web y convirtiendo su hermético refugio en un imán para turistas.

 

No demora más de un minuto comprobar que YouTube está convertido en esa pesadilla que siempre temió. Una vitrina que difunde impunemente videos de sus shows más diversos, casi un insulto post mortem para un músico celoso como nadie de su patrimonio, pero un verdadero edén para los fans que por años no encontraban en ese mismo lugar un mísero registro de sus mejores días. También toma apenas un minuto ingresar a Spotify para corroborar que ahí yace otro infierno según imaginó el cantante, con gran parte de sus álbumes a la mano de cualquiera, fuera de todo control.

El planeta hoy puede conocer a Prince como nunca antes lo había hecho. Desde que hace casi un año, el 21 de abril de 2016, su cuerpo fue encontrado muerto en esa fortaleza en la que vivía en Minnesota, su leyenda de gruñón inflexible con las nuevas tecnologías se parece haber diluido de manera unilateral, como si todas esas luchas hubiesen resultado insignificantes para quienes empezaron a administrar su legado: en apenas un minuto se pueden transgredir las reglas que él intentó imponer durante una vida completa.

Incluso hasta la paranoia, como cuando en 2007 demandó a Stephanie Lenz por subir a YouTube un video de 29 segundos que mostraba a su bebé bailando el tema Let’s go crazy. O siete años después, cuando ganó un juicio contra un grupo de Facebook que publicaba los audios de sus conciertos. Qué decir de su cruzada para que Apple, Rhapsody o Spotify no tuvieran su catálogo, argumentando condiciones abusivas.

Tras desaparecer, la huella de las estrellas de la música negra parece adoptar un rumbo inesperado. Michael Jackson murió acorralado por la justicia y despreciado por la opinión pública, aunque su deceso detonó una estampida de fans, como Barack Obama, que perdonaron para siempre su prontuario más retorcido, como si el sueño de blanquear su imagen lo hubiera conseguido al menos en un sentido metafórico. Su mayor rival, Prince, el hombre que en los 90 se rebautizó como un símbolo impronunciable, pasó de ser el mito más enigmático del pop a un mortal más, un producto común sometido a las necesidades del negocio.

Y el giro no sólo sucedió en el circuito virtual. En el mundo real, su colosal estudio y residencia bautizada como Paisley Park, con sus pirámides de cristal, sus salas de meditación y sus paredes color púrpura, era el refugio al que apenas podían ingresar un par de privilegiados, como los periodistas que cada cierto tiempo invitaba a la premier de un nuevo disco, quienes tenían la obligación de no acercarse demasiado a él ni menos estrecharle la mano. Hoy el sitio está transformado en una atracción turística y un museo.

En su web se pueden adquirir tres modalidades de tickets -a $25 mil, $38 mil y $64 mil- que incluyen un paseo por sus estudios de grabación (con 121 guitarras y ocho pianos), sus salas de ensayo, sus áreas de descanso, y hasta una fiesta con un DJ en uno de los clubes que integran la mansión y a la misma hora en que el artista iniciaba la juerga. El ascensor donde fue hallado su cadáver está cerrado al público, tal como sucede en Graceland con el baño donde falleció Elvis.

El paralelo no es casual. Graceland holdings, la misma firma que administra la casa de Presley, es la encargada de sacarle el máximo provecho al sitio que Prince convirtió en su santuario. Y aunque el hombre de Kiss sondeaba desde hace años la idea de acondicionarlo como museo, su plan era hacerlo de modo paulatino y bajo un objetivo filantrópico.

La fácil permeabilidad del mundo que fabricó el guitarrista se explica en un detalle muy simple: no dejó testamento y, en consecuencia, nunca hubo claridad acerca de sus herederos. Sólo días después de morir, su único familiar directo, su hermana Tyka Nelson, partió rauda a tribunales para reclamar una fortuna que asciende a los US$ 300 millones, a los que se sumaron otras 29 personas que decían tener un supuesto lazo sanguíneo con el músico, incluyendo una mujer que reveló que por años había estado casada con él, aunque nunca pudo contarlo por recomendación de la CIA.

Los jueces finalmente declararon como herederos a Nelson y a cinco hermanastros, mientras que el manejo de sus bienes quedó en manos del banco Bremer Trust, compañía que habría negociado secretamente para que la música de Prince llegara al streaming y que habría decidido reconvertir rápidamente a Paisley Park en un museo (se abrió en octubre, a seis meses de su partida).

Lo que está aún menos resuelto son las causas de su muerte, consecuencia de una sobredosis accidental del analgésico fentanilo, adicción que encubrió hasta el final. La policía concluyó que obtuvo el fármaco en el mercado negro, pero aún no establece el modus operandi que desplegaba para ingerirlo durante años. Todo lo que rodea al cuerpo y la sangre de Prince sigue siendo un acertijo. En cambio, su mitología misteriosa ya se derrumbó con un par de clics.

 

Fuente La Tercera

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