La dura realidad del fútbol femenino en Chile

La dura realidad del fútbol femenino en Chile

Aquí no hay sueldos – ni comunes ni millonarios- y tampoco contratos por publicidad. Los clubes muchas veces sólo prestan el nombre y casi nunca se hacen cargo de lesiones o costos médicos asociados. En algunos casos, incluso, las jugadoras deben pagar a sus equipos para poder entrenar y competir. La cruda realidad del fútbol femenino en Chile.

Existe en Chile una liga nacional de fútbol femenino en la que compiten 21 equipos. Los componen mujeres anónimas, la mayoría estudiantes universitarias. Todas, o casi todas, chilenas. El torneo se divide en dos zonas: centro y sur. Y compiten equipos de renombre, como Colo Colo, Universidad Católica y la U; y otros desconocidos, como Deportes Ñielol, Universidad Austral y Puerto Varas.

Se trata de una división absolutamente amateur, en que las jugadoras ofician, al mismo tiempo, de futbolistas, dirigentes y financistas. Y que hoy, ocho años después de su creación (nació en 2008, cuando se disputó el Mundial Sub 20 en Chile), se sostiene gracias a un puñado de mujeres y uno que otro dirigente.

A comienzos de este año, Unión Española y Audax Italiano decidieron cerrar sus ramas femeninas. Acusaron que no tenían los recursos para mantenerlas, y que se trata de un deporte poco rentable. Meses después, lo mismo ocurrió con Palestino, cuando Fernando Aguad dejó la presidencia del club.

Unión Española, en definitiva, se borró del mapa. Audax y Palestino, sin embargo, siguen compitiendo. Pero bajo un panorama extraño: sólo prestan sus nombres a otros clubes. Así lo explica Valeria Lucca, 33 años, profesora de educación física, estudiante del INAF y capitana de Audax: “Nos dieron la oportunidad de volver pero haciéndonos cargo de todo. Entonces tuvimos que fundar un club deportivo, y ese club hizo un contrato con Audax”.

El contrato se traduce, entonces, en que hoy las propias jugadoras deben pagarle a Audax para poder usar su nombre y competir en el torneo. Lo hacen a través de T con A, el club que fundaron pero que, al no estar federado, no puede competir por sí solo en el torneo de la ANFP.Cada jugadora, del primer equipo y la Sub 17, paga una cuota mensual de $10.000. Con eso, le arriendan el estadio Bicentenario de La Florida directamente a Audax para poder entrenar y jugar el fin de semana. Muchas veces, además, tienen que hacer tallarinatas, rifas y actividades varias para financiar, por ejemplo, el sueldo del cuerpo técnico, viajes y otros gastos. “Ellos (el club) igual sienten que nos están haciendo un favor”, dice Lucca, presidenta y delantera de T con A.

En el caso de Palestino, las mismas jugadoras formaron una alianza con la municipalidad de Estación Central, que financia los gastos del equipo: cancha, cuerpo técnico y traslados. Hoy, explica Bárbara Santibáñez, jugadora del equipo, el vínculo de la rama femenina con Palestino es cero.

La UC es uno de los clubes que sí tiene su propia rama de fútbol femenino. Ahí el equipo pertenece a Cruzados y depende del fútbol joven. Aun así, las jugadoras deben pagar una mensualidad para pertenecer al equipo: $7.500, las adultas y $15.000, las Sub 17. Además, cada jugadora debe contratar su propio seguro médico porque, en caso de una lesión, el club no se hace cargo de la operación. “El vínculo que tiene la jugadora con el club o con la federación no es claro. No hay un contrato de por medio. Uno firma una planilla pero no sabemos qué deberes tienen las jugadoras, la responsabilidad del club”, dice Iona Rothfeld(23), jugadora de la UC y una de las fundadoras y presidenta de la Asociación Nacional de Jugadoras de Fútbol Femenino (ANJUFF).

Junto a otras jugadoras, crearon la agrupación hace unos meses justamente para mejorar el trato que reciben de parte de los clubes. “Cuando uno va a pelear un poco te dicen ‘pucha, ustedes no generan recursos, no las voy a poder vender’. Está bien. No estamos pidiendo un sueldo como el de Alexis pero sí que tengamos las condiciones para poder entrenar. Cada vez que exigimos algo nos dicen que en el momento que nos convirtamos en un cacho, nos cierran, como en Unión”, agrega Iona, estudiante de derecho en la Universidad de Chile.

La U hizo, a principio de años, una operación poco frecuente para el fútbol femenino: fichó a una goleadora reputada, seleccionada argentina y formada en River Plate: Mariana Larroquette (24). La delantera se convirtió, a la larga, en la goleadora del Apertura y pieza clave en el primer título azul. Sin embargo no fue el club el que la trajo, sino que David Morales, abogado y coordinador de la rama femenina.

Él la fue a buscar a Argentina y hoy, con su dinero, le paga el arriendo del departamento y le da un especie de sueldo para que sólo se dedique a jugar. Sin contrato ni firmas de por medio, sólo de palabra. Morales, además, también ayuda económicamente a otras jugadoras del plantel. “Don David apadrina a algunas. Pero el club no da ningún aporte económico”, dice Sofía Hartard (20), capitana de la U.

Y aunque las jugadoras no deben pagar, como en la UC, para pertenecer al club, sí tienen que tener su propio seguro médico. “El club nos apoya de manera sustancial, financia el cuerpo técnico, nos proporciona las canchas. Hay interés. El problema está en que despegar pensando en torneos internacionales requiere de otro apoyo, ahí está al debe”, dice Morales.

 

Dentro de todo este panorama, aparece Colo Colo, la excepción a la regla. Es la rama femenina más grande de Chile (230 jugadoras entre primer equipo y juveniles) y también la más exitosa. Entre 2010 y 2015 ganó diez veces seguidas el torneo nacional, además de una Copa Libertadores. Sus jugadoras tampoco tienen contrato pero sí reciben ayuda económica, explica Marcela Muñoz, fundadora y directora de la rama. “Tenemos ingresos por la escuela, también por Copa Libertadores, pero el gran gasto es de Blanco y Negro. Ahora no es que yo vaya y me den plata a cada rato, tenemos que presentar proyectos. Son años de esfuerzo”, dice la dirigente.

A algunas se les financia la locomoción, a otras los estudios. Y varias reciben una cantidad de dinero mensual. “A varias les dan una beca deportiva que se llama, que puede ir de los $50 mil a los $300 mil pesos. Eso depende de las necesidades de cada jugadora. A las refuerzos se les suele pagar más”, explica Romina Parraguirre, ex jugadora de Colo Colo y que en los próximos días viajará a Australia a jugar en la liga de ese país, donde el fútbol femenino sí es profesional.

Ni pensar que una jugadora pague por pertenecer al primer equipo o que tenga que hacerse cargo de sus gastos médicos. “Me da risa lo que preguntas, ¿cómo una jugadora va a tener que pagar? ¿Que pasa en otros equipos? No sé, me da una pena enorme escucharlo”, agrega Marcela Muñoz.

Santiago Morning es otro club que sí ayuda económicamente a sus jugadoras, pero lo hace a cambio de que trabajen en el club. Ya sea ayudando en las divisiones inferiores o en otras áreas. No les basta con jugar.

A partir de 2019, sin embargo, la realidad del fútbol femenino podría cambiar. Hace unos días la Conmebol publicó su nuevo reglamento y en él se lee que los equipos, para participar en torneos internacionales, deberán tener una rama femenina. Esto significa: primer equipo, dos juveniles, un cuerpo técnico exclusivo y además la cobertura médica de las jugadores. De no ser así, no podrán jugar las copas Libertadores y Sudamericana. “Empieza a regir en 2019 pero nosotros esperamos que se comiencen a hacer las gestiones desde ahora. Es una lata que sea por obligación y no por iniciativa de los clubes, pero no queda otra”, dice Iona Rothfeld.

 

 

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Fuente La Tercera

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