En Cuba, muchos aún no se enteran de que terminó la Guerra Fría

COMPARTE ESTA NOTICIA EN:

Los habaneros sí comentaron la decisión del presidente Raúl Castro pero la vida en las calles sigue igual.

 

Alas 10 de la mañana del pasado miércoles, junto a cuatro periodistas de Colombia, estaba a la expectativa de un importante anuncio de la guerrilla de las Farc, en El Palacio de las Convenciones, en La Habana.

Como cualquier otro día, los miles y miles de cubanos ya estaban inmersos en la rutina del único país comunista de América. Ser pionerito, estudiante de secundaria, empleado del Estado, estar aislado del mundo en una isla donde alrededor pasa todo.

De repente llegó la noticia de que Alan Gross, funcionario de la Usaid, preso desde 2009, había sido liberado por el gobierno de Raúl Castro. Luego que Barack Obama se dirigía a su país, al mediodía, para hacer un importante anuncio sobre Cuba; lo mismo haría el hermano de Fidel Castro.

Entonces, la rueda de prensa de la guerrilla y la que había convocado Humberto de la Calle, se cancelaron. En el Hotel el Palco los funcionarios se aglomeraron alrededor de un televisor que transmitía la noticia de última hora, por Telesur, “que el presidente del Consejo de Estado y de Ministros hará un importante anuncio al país, al mediodía, sobre el futuro de las relaciones con Estados Unidos”.

—Liberaron a ese gringo y ahora van a volver los tres que faltan y se acaba el embargo, dijo un funcionario del Palco, caminando de un lado al otro, ansioso. Un ‘mulato’ de dos metros, de traje azul oscuro, fumándose un puro, estuvo pegado de la pantalla. Diez minutos antes de las 12, aseguró, ahí en el lobby del hotel:

—En Miami hicieron una encuesta que muestra que la mayoría de los cubanos americanos quieren que se acabe el embargo gringo—.

Es en ese momento dejé el grupo de personas y cogí un taxi que me debía llevar al Centro Internacional de Negocios, al Melia, que es una de las pocas zonas en La Habana donde hay internet inalámbrico.

Joel, un taxista joven, rápido condujo por la Quinta Avenida en su Lada azul de 1979. Escuchamos Radio Reloj: “Atención, el señor presidente Raúl Castro se dirigirá a toda la patria”, era el locutor que repetía lo mismo una y otra vez con su vozarrón. Avanzamos a toda velocidad. Ya en el Melia me conecté a internet para escuchar el discurso de Obama y Castro a la vez.

“Como prometió Fidel, en junio del 2001, cuando dijo: ¡Volverán!, arribaron a nuestra patria Gerardo, Ramón y Antonio”. Y paso seguido Raúl reveló que: “Hemos acordado el restablecimiento de las relaciones diplomáticas”, con los Estados Unidos”. Esto a la par que Obama expresaba:

“Hoy Estados Unidos de América empieza a cambiar su relación con el pueblo de Cuba. En el cambio más significativo de nuestra política en más de 50 años, terminaremos con un enfoque obsoleto”. Ambos mandatarios le manifestaron al mundo que los dos países restablecían sus relaciones diplomáticas, rotas desde 1961, y que empezaría un intercambio comercial. Que Estados Unidos echaría abajo las restricciones de viajes de sus ciudadanos a la isla, que facilitaría la inversión en tecnología y telecomunicaciones; el flujo de dinero entre vecinos.

Pero en el primer piso del hotel, una decena de turistas no se enteró de lo que pasaba y menos los trabajadores cubanos. The New York Times, The Washington Post, el USA Today, FOX, NBC, Miami Herald, El País, The Guardian, BBC, El Clarín, Times de la India, El Colombiano, más cientos de medios titularon como “Histórico” el nuevo paso que daban las dos naciones. Twitter y Facebook se llenaron de millones de mensajes a favor y en contra de la decisión, de réplicas de frases de los dos discursos. De euforia porque se acaba la “Guerra Fría en el Caribe”.

De inmediato apagué el computador y confirmé que alrededor todo transcurría igual. Salí a la calle, con la efervescencia de estar en el lugar donde se producía un hecho trascendental, y cinco taxistas solo escuchaban Radio Reloj. Imaginé que en pocos minutos las calles se llenarían de gente en carros pitando, con banderas, no solo por la liberación de Gerardo, Ramón y Antonio, también porque Cuba se abría a su mayor vecino, al país más poderoso del mundo que un día los bloqueó y los quebró.

A las calles de La Habana, Santiago, Santa Clara y Camagüey, saldrían miles de personas a celebrar, porque pronto se recuperaría la capacidad adquisitiva, porque llegaría a Cuba, en 2014, la globalización de la información y de la cultura. Pero nada de eso pasó, los cubanos que a esa hora caminaban o estaban en los carros destartalados, las guaguas y los Lada, lo hicieron al ritmo que se impuso hace cinco décadas.

Sí hubo aplausos en la Asamblea Nacional, en Ciudad Escolar Libertad, en la Universidad de La Habana; los políticos y los estudiantes sacaron pocas banderas y cantaron. Pero en centro Habana, en la ciudad vieja, en El Vedado, en el malecón, en Siboney, en Miramar, en Marianao, todo siguió igual, tranquilo, expectante.

—Usted nunca va a ver aquí una marcha, una manifestación espontánea. Eso lo dirige el Gobierno, me aseguró un profesor de la Universidad de la Habana que me pidió no citarlo.

Al lado de Joel, mientras él conducía hacia el Capitolio en el viejo Lada —seguía aguardando la esperanza de ver a la gente expresando de alguna manera que este era el día más importante desde 1959 cuando se dio la Revolución—, relató que hasta el más sencillo mitin en la ciudad se organiza con muchos días de antelación:

—El Consejo de Ministros lo convoca, llama a las universidades y a las escuelas y a las fábricas. Lista en mano, los directores esperan en un punto de la ciudad a los estudiantes y empleados. Cuentan uno a uno, reparten las consignas y las banderas para luego marchar hasta la Plaza de la Revolución o a la Tribuna Antimperialista—.

Impactado porque los cubanos, a las 5 de la tarde de ese miércoles, no se enteraban de las reacciones del mundo entero por la decisión de su gobierno, le pregunté al profesor sobre esta situación:

—Chico, los alemanes del este solo se dieron cuenta que cayó el muro de Berlín cuando se asomaron al mundo y vieron lo que había pasado, de cómo las cosas habían cambiado.

Fuente: elcolombiano.com