Lollapalooza de EEUU comienza cruzando leyenda y actualidad

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Chicago es una fiesta. La ciudad que electrificó el blues y cambió para siempre la historia de la música popular, la cuna política de Barack Obama y el territorio de las masacres de Al Capone, vive la previa al festival Lollapalooza que empezó ayer como si se tratara de una serie de pequenas réplicas antes del remezón definitivo.

El jueves por la noche, y mientras bandas como Hot chip y Cold War Kids sacuden con shows paralelos un par de recintos de aforo medio, Win Butler, el gran jefe de Arcade Fire -grupo que no está en el evento- oficia de DJ en el salón de un hotel céntrico y anima una fiesta para no más de 80 personas. Intimidad y anonimato para un músico capital de la última década. A sólo un par de metros, en el mismo Grant Park donde se monta Lollapalooza, Paul McCartney, que tocaba anoche, ensaya en un predio aún vacío junto a sus músicos material de casi todas las eras de The Beatles: intimidad y anonimato para un creador esencial. Eso sin contar que una leyenda del blues, Buddy Guy, festeja su cumpleaños 79 con un show levantado en el club que lleva su mismo nombre.

Pero si se trata de intimidad y anonimato, hay otras miles de personas menos públicas que detonan su propia celebración privada en la ciudad de los vientos. Es la audiencia que desde ayer al mediodía comenzó a ingresar al parque donde se realiza la cita que dura hasta mañana y que desde 2011 tiene su sede chilena. Y tal como en su símil de Santiago, llegan a primera hora, cuando el sol azota, aunque siempre bajo una atmósfera de camaradería y relajo familiar.

Como otro guiño a la edición santiaguina, lo primero que asoma en el recinto es un bandejón donde flamea la bandera chilena, tributo a los otros países donde se ha exportado la franquicia y en un espacio compartido con los emblemas de Argentina, Brasil y Alemania.

Tras la bienvenida inicial, las diferencias con el espectáculo del Parque O Higgins son elocuentes: el Grant Park tiene dimensiones gigantescas, abarcables sólo para maratonistas avezados, por lo que ir de un escenario a otro no sólo se hace extenuante y casi impracticable; las dimensiones obligan a escoger durante el día por un determinado escenario o área específica.

En ese sacrificio que siempre significa optar por shows en desmedro de otros, la versión chilena corre con una ventaja: en Chicago, el espacio electrónico – siempre repleto, lo que confirma el dominio del género- no es techado y funciona en un lugar abierto, a diferencia de lo que sucede con elMovistar Arena, el reducto que en cada Lolla Chile adquiere el disfraz de una discoteca multitudinaria ysudorosa.

En otro paralelo, Kidzapalooza también es más pequeño en EE.UU y menos estimulante que en la capital, lejos de esas secuencias de fervor atiborrado que entregaron shows como 31 Minutos. En el cartel, las primeras horas sirvieron para poner ojo a nuevas apuestas de la música anglo: la cantante Sza, el grupo Jamestown Revival y el proyecto Father John Misty -formado por un ex integrante de Fleet Foxes- remodelan la tradición soul y folk norteamericana, en un rescate revisionista muy similar al vivido por el pop inglés en los 90. Son créditos para tomar en cuenta y no perder de vista.

Luego, turno para consagrados como la electrónica vintage de Hot Chip o las guitarras de Cold War Kids, aunque la reverencia final llegaría con Paul MCartney, el ex Beatle encargado de cerrar la primera jornada con una presentación de más de dos horas. Y también la ambición máxima de Lollapalooza: unir generaciones en un evento que encarna la juventud eterna.